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22 de enero de 2017

"TRUMPETADAS", por Josué D. Fernández

Sin entrar a considerar sus fundamentos, válidos o no, las huellas predominantes del nuevo presidente de los Estados Unidos están delineadas por polémicas, rencillas, pendencias, quimeras, y cualquier otro nombre que sugiera confrontación hacia adentro o afuera, en el territorio ahora bajo su mandato ejecutivo. Quizás por falta de suficiente potencia inercial, el arranque ya visto se vendría sosteniendo a fuerza de simples golpes de trompeta de advertencia, o “trumpetadas” para hacerle honor al personaje de actualidad con un apropiado neologismo hispano.


En el mejor de los casos, estas trumpetadas carecerían de gran novedad y peligro, al repasar lo escrito hasta el aburrimiento acerca del perro que ladra y no muerde; aunque a su vez podría ser causa de alarma al pensar al contrario en lamentos frescos y antiguos de quienes se recrearon con optimismo en aquel proverbio, y desestimaron  precauciones por creerse  vacunados de rabias irracionales. Pero, en cada continente, en paralelo existe la anécdota inversa del rio que suena y piedras trae.

Sin embargo, un antídoto sólido se hallaría en efecto en naciones libres y democráticas como Estados Unidos por sus contrapesos para frenar arbitrariedades, a diferencia de regímenes personalistas y dictatoriales que anulan a otros poderes públicos como en la Venezuela de hoy. Una referencia histórica encadenada a nuestra tragedia inmediata relata el antiguo precedente del término “pendenciero”, el cual aplica para camorreros y  usurpadores. Se trata de la vida de Enrique II, duque de Baviera, quien pretendió a la fuerza el reino de Alemania en varias ocasiones, secuestró niños, fue despojado de su propio ducado en rebelión que perdió junto con el mando sobre Austria, todo en gordo expediente de sucesivas conspiraciones a finales del siglo X.

Por allá y por acá en esta “tierra de gracia” así bautizada por Cristóbal Colón al reportar su descubrimiento, sobran ejemplos de cómo suelen agravarse los síntomas de pendencieros declarados, a través de sus sostenidos insultos, y provocaciones de conflictos. “Siempre está buscando pelea en lugar de acuerdos”, acotan en la página web definición.de.  Para forzar aterrizajes de los más confiados, a la vez añade que “los pendencieros pueden atacar a otras personas por tener la camiseta de un equipo de fútbol que no es el propio, por escuchar algún tipo de música que no es de su agrado o por evidenciar una ideología que no comparte”.


Apegado a lo sabido o a eventualidades peores, parecería razonable tener en cuenta que alguien con impulso por los actos violentos es muy probable que padezca algún tipo de trastorno antisocial de la conducta y, concretamente, una psicopatía. Las personas con ese perfil padecen un problema psicológico y suponen un peligro para sí mismos y para la sociedad. No significa que todos los pendencieros tengan  trastorno de conducta, a pesar de lo frecuente de actitudes violentas características de alguna patología, según anotan en el espacio digital http://www.definicionabc.com.  Relacionados directamente con la pendencia  se agregarían rasgos adicionales de personalidad tales como irritabilidad,  inestabilidad emocional, ausencia de sentimientos de remordimiento o de culpa.

Para cerrar entre definiciones, finalmente vale mención destacada el origen etimológico del término pendenciero que deriva del latín, concretamente del verbo “pendens, pendentis”, que viene a indicar que algo o alguien “está colgado” o “se encuentra suspendido”. Cuánto tiempo duraría el suspenso es lo que causa mayor angustia, en particular por lo que toca al vecindario venezolano donde pasa de dieciocho años.




 

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