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9 de septiembre de 2011

DOMINGO 7: “LA BARBARAZA”

Por Josué Domingo Fernández Alvarado



Cual atraco a luz del día y frente al país de testigo, el exceso de codicia revolucionaria posó sus ojos bien temprano en el botín contante y sonante, llevándole a solicitar al Banco Central de Venezuela las primeras tajadas de los fondos que deberían nutrir las reservas intocables, y así le fue otorgado sin tropiezos de manera arbitraria. También se le hizo cesión del nuevo comodato con PDVSA para que cualquier ingreso suyo pasara a constituir oportunidades prioritarias de gasto corriente gubernamental en forma automática, así como la subestimación de precios por concepto de exportaciones esperadas con efectos en los presupuestos anuales posteriores, dejando amplios márgenes incontrolables, y el añadido de cuantiosos montos de deudas internas y externas, comprometiendo en conjunto hasta los eventuales ingresos de los años por venir. Es decir, todas las hipotecas imaginables, jamás conocidas.
 En estos días, disminuidas las posibilidades del dólar, aunque se podría disponer de sucesivas devaluaciones no recomendables hoy debido a sus probables secuelas electorales negativas,  tocaría el turno al arrebatón del  oro atesorado formalmente desde 1939, a fuerza de sacrificios y privaciones de unas siete generaciones de venezolanos, cuyo patrimonio quedaría esquilmado fácil y desvergonzadamente por los recién llegados de la llamada por algunos  quinta república”. Vendría a ser el último instrumento de convencimiento para  agiotistas, usureros y otros prestamistas inescrupulosos, de raza, religión o sexo indistintos, quienes estarían reacios a extender cupos de créditos a la revolución, igualmente ya mentada por otros como “la barbaraza”, porque ésta se hallaría muy  cerca de su festín de clausura.
Sin embargo, cuando exista una Asamblea Nacional Autónoma, cuando se puedan abrir los expedientes secretos al escrutinio de la prensa, a los verdaderos auditores del pueblo libre y democrático,  en un tiempo probable más corto del deseado por  los que han salido impunes a la fecha, entonces se sabría ciertamente a dónde pararon  los recursos que  pertenecían a la entera sociedad venezolana.  Seguramente, ese  verdadero censo alternativo permitiría comprobar que los descomunales ingresos no estaban invertidos en la  construcción y dotación de centros asistenciales, escuelas, autopistas,  servicio eléctrico y acueductos, viviendas y mantenimiento de instalaciones petroleras, empresas del estado, fomento de la agricultura y la ganadería criolla, registrados ahora en  peor estado al de 1998, antes de “la barbaraza”.  
En consecuencia, el anterior momento de resurrección de la cordura llevaría a concretar muchos casos de peculado y malversación de fondos públicos descubiertos en sumideros de toneladas de alimentos podridos de “pdvales” y “mercales”, de armamentos innecesarios sin licitaciones,  de cuotas inconsultas de sostenimiento para la dictadura cubana y otras rémoras,  del miserable abandono de misiones, batallas y similares que alguna vez constituyeron esperanzas para  los más necesitados, pero que sólo les dejaron con ojos claros y sin vista, a pesar del reiterado milagro que se ofrecía en paquete turístico incluyendo excursión por el  mar de la felicidad.
Como nunca ha resultado perfecto algún crimen,  también  habría llegado la hora de saber nombres y apellidos de los culpables de tantos desatinos y los de sus testaferros, para lo cual se necesitaría comenzar desde ya el grueso expediente provisional que facilitaría, mediante sentencias legítimas de tribunales al servicio de una nación por encima de cálculos pragmáticos, el bloqueo en Venezuela y el extranjero de los bienes y fondos provenientes de enriquecimientos ilícitos, comisiones y sobreprecios indebidos. Por allí se llegaría a los pocos caminos disponibles para resarcir el daño de usurpaciones en el aprovechamiento de bienes pertenecientes al estado venezolano, y quizás de lo escasamente salvable para iniciar la reconstrucción que demandará la época que estaría por comenzar.  Al término de la fiesta se vería muy sola el alma del pueblo y, según la dimensión de una imperdonable “tierra arrasada” en mentes infames para ese instante, tal vez se requeriría de la cooperación de otros estados amigos en ayuda humanitaria a favor de las víctimas. En el escenario de amenazas militares insinuadas y proferidas, hechas realidad, el país que tuvo grandes riquezas al comenzar el siglo XXI, pagaría con lágrimas su mala suerte. ¡Dios lo impida!


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