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19 de febrero de 2017

ATAQUES DE AVISPAS, por Josué D. Fernández (*)

Rara vez los ataques de avispas ocurren adrede. Lo común es que sus enjambres arremetan de manera defensiva, después de una alteración provocada en el discurrir de las jornadas habituales en sus colonias. La reacción consiste en picaduras múltiples e indiscriminadas a  los seres que encuentren próximos a sus nidos, con graves daños en especial para quienes resulten alérgicos a esos aguijones ponzoñosos. 


El temor a los ataques de avispas está bastante generalizado, y demanda apartarse de sus trayectos a la brevedad posible. La conmoción que provocan quedó registrada en grande por la prensa en  julio de 2016, cuando en el estadio “Alberto Spencer” de Guayaquil, a nueve minutos de iniciado un partido de futbol, el campo fue asolado por una fuerte embestida de los insectos. Tras una espera de una hora se decidió finalmente postergar el encuentro, de modo de garantizar la seguridad de los asistentes.


Experiencias de esa naturaleza, en diferentes escalas, se han repetido antes y  después en muchas ciudades por todo el mundo, y de allí que cualquier persona intuye el peligro, desde pequeña, apenas escucha algún zumbido que le va ensordeciendo progresivamente.  El problema ha alcanzado tal difusión, que a muy pocos mentalmente sanos se les ocurre temerariamente ignorar las advertencias de lo nocivo de alborotar los avisperos.

“Jurungar las avispas” se ha extendido como  etiqueta generalizada de conductas que deben ser evitadas, y se aplica igualmente a situaciones entre humanos en las que se juegan daños y ofensas a individuos o grupos de ellos.  En ese sentido, son bastante sospechosos y preocupantes los hechos de hoy en Venezuela, donde se padece un permanente acoso de palabras y acciones con repercusión hacia adentro y afuera,  en una especie de tensión creciente sobre una cuerda institucional que cada día es más delgada.

La lista de conocidas provocaciones a las muchedumbres -en proceso forzado de metamorfosis a enjambre social, colmada la paciencia por el trato equivalente a abusos a  minusválidos sin capacidad de respuesta en el presente o el futuro-, incluye la prisión arbitraria de dirigentes contrarios a la ideología del régimen, obstrucción de la justicia ciudadana, bloqueo de votaciones populares, impunidad crasa a delitos oficialistas, desconocimiento de divisiones constitucionales del poder, y saqueos de riquezas públicas. Internacionalmente abarcaría las descalificaciones de las máximas autoridades de la Iglesia, la Organización de Estados Americanos, Mercosur,  los líderes de naciones contrarias a la supresión interna de libertades, y por ahora se añade el recelo por medidas contra altos funcionarios locales provenientes de los Estados Unidos, y de su presidente Donald Trump.

Es evidente que las avispas opuestas a la tiranía que rige al país se hallarían domesticadas o aturdidas por el ruido encadenado de cantaletas, las cuales escucharían devotamente en los últimos 18 años, en búsqueda infructuosa del medio “pacífico y democrático” para rescatar la libertad perdida. Mientras del otro lado, en febrero de 2004 aparecieron comentarios de la penetración de mercenarios de la dictadura cubana para reprimir a manifestantes a propósito de la agresión sufrida por Elinor Montes en la avenida Libertador. Diez años después, en 2014, el régimen desmintió que estuviera contando con la acción de las fuerzas de elite cubanas, llamadas casualmente “Avispas Negras” porque “varios diarios aseguran que militares cubanos marchan hacia Venezuela para ahogar las protestas en “un baño de sangre”. “Las avispas negras acechan en las pilas de bolsas de basura”, dicen los especialistas.

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