Capítulos

28 de septiembre de 2016

TERAPIAS DE TUMOR MALIGNO, por Josué D. Fernández (*)

La lesión que hoy padece Venezuela encaja bastante en la sintomatología de tumor maligno, propagado además a órganos fundamentales. De los cinco componentes de su ADN constitucional, cuatro muestran prominentes desórdenes fisiológicos, y solo uno de ellos, la Asamblea Nacional, se mantendría resiliente pero con alarmantes signos de debilitamiento, provocados por el acoso indetenible de ese entorno.

Para el diagnóstico del tumor maligno aquí referido, se prescinde de comprobaciones complementarias a través de rayos “X” o análisis de sangre, porque los desarreglos se registran en ataques continuados que se cuentan por años, contra el mapa de funcionamiento o carta originaria, en especie de suicidio de células enfermas que arrastran igualmente a las más vulnerables, todavía sanas.

Cuando se presentan estados parecidos en los individuos,  desde temprano sobran recomendaciones de expertos y curanderos en intento apurado por salvar la vida del enfermo, a través de terapias químicas, radiológicas, o alternativas naturales como néctares de tomate de árbol, guayaba, capsulas de guanábana o graviola, y  otras de sanaciones holísticas. 

Sin embargo, en el caso del país perforado de tumores, priva la confusión y la indeterminación sobre los métodos a emplear para su salvación


La constante descalificación de iniciativas terapéuticas para aliviarle padecimientos al país, ha obligado a descontinuar algunos tratamientos medianamente aplicados, antes de valorar las recuperaciones logradas. Sin razones claras, de la batería de opciones se excluyen componentes, mientras se sigue arriesgando  la existencia de cerca de 31 millones de venezolanos, que desfallecen privados de alimentos, medicinas, y de las libertades esenciales para su mayor bienestar. Aún no se conoce por ejemplo, el por qué se ha descartado el proyecto de convocatoria de  Asamblea Constituyente que también marcó el origen de la era patológica, o el plan a seguir para hacer valer las facultades constitucionales de la Asamblea Nacional, o la comprobación definitiva de la sospecha de nacionalidad impropia del primer relevista.

La lista de intentos fallidos para tratar a la Venezuela plagada de tumores malignos, según se insiste a diario incluye métodos pacíficos y democráticos expresados en marcha gigantesca para forzar la renuncia del Presidente de la República –“la cual aceptó”–, abstención electoral, plazas tomadas por militares desertores, manifestaciones ante embajadas y organismos internacionales, cacerolazos, huelgas de hambre estudiantiles de labios cosidos, protestas de gremios, entrega voluntaria de disidentes, leyes formales para detener atropellos de los poderes públicos sometidos al Ejecutivo, recolecciones de firmas, “guarimbas”, cierre de calles y avenidas, y montones de lemas como “va a caer”, “salidas” y etcéteras.


Por su parte, si no fuera suficiente la represión a fuerza de bombas, granadas y peinillas para sofocar esas manifestaciones “pacíficas y democráticas”, las células indeseables se reponen en el corto plazo con la ayuda de cómplices transnacionales. Luego, en renovadas escaramuzas se hacen leyes ventajistas a la medida, con jueces mercenarios y testigos “estrellas”, e inventan organismos paralelos, o  se quita presupuesto a instituciones producto de elecciones. Hay burla constante a lo que el pueblo logra rescatar mediante el voto, el cual le dejarían ejercer a la conveniencia oficial, en cuanto a fechas, circuitos, y registros electorales.


La lección del tratamiento de tumores malignos mediante diversas terapias con programación consecutiva, -sin descartar ninguna-, y hasta reciclándolas si fuera necesario, merece prioridad si lo que se desea es devolver la salud institucional de Venezuela cuanto antes, en vez de preparar terreno a quienes calculan el “cómo te quito para ponerme yo”, con el menor riesgo añadido.

22 de septiembre de 2016

Venezuela ’86, por Josué D. Fernández (*)

Recrear ciertos detalles de treinta años atrás, es un ejercicio que permite descubrir advertencias que en su momento pasaron desapercibidas. Sería el caso de la persona maltratada que ahora repite en popularidad, en letra y música de la composición “Hasta que te conocí”,  por la muerte de su autor, el mexicano “Juan Gabriel”, el último agosto.

En el estreno, casi nadie prestó atención a la historia de esa canción, a pesar de la insistencia en emisoras de radios de golpecitos de  xilófonos y conteo de las horas del día, así como en los bares que todavía mantenían rocolas a gran volumen para ensordecer despechos. La nostalgia que cantaba el verso, no era para venezolanos ─“bobalicones” quizás diría Chirinos─.

Yo vivía tan distinto, 
algo hermoso                     

Algo divino, lleno de felicidad
Yo sabía de alegrías, la belleza de la vida
Pero no de soledad, pero no de soledad
De eso y muchas cosas más
Yo jamás sufrí, yo jamás llore…

Era imposible ponerse en  onda taciturna, cuando la realidad del país, entrado Mayo, permitía gastar sesos en  las campañas por Miss Venezuela de las famosas Bárbara Palacios,  Maite Delgado, Catherin Fullop, Raquel Lares, Carolina Perpetuo  y  Laura Fazzolari, considerada entonces la ahijada de Blanca Ibañez, prominente figura en el palacio presidencial. De menor renombre posterior, otras candidatas destacadas fueron María Begoña Juaristi, Nancy Gallardo y Yoelis Sánchez. La gala de la elección subiría el calor con Fedra López y su monito en hombros, y Herminia Martínez con sacudidas por el día de Zarabanda.

Mientras Venezuela aún no estaba para añoranzas, Juan Gabriel a la par, desde México, en ritmo lento pero de movimiento progresivo, advertía que cambiar para mal era simple cuestión de decisiones equivocadas. 

No sabía, de tristezas, ni de lágrimas
Ni nada, que me hicieran llorar
Yo sabía de cariño, de ternura
Porque a mí¬ desde pequeño
Eso me enseño mama, eso me enseño mama
Eso y muchas cosas más
Yo jamás sufrí, yo jamás llore
Yo era muy feliz, yo vivía muy bien

A finales de la década siguiente, las estrofas remanentes de “Hasta que te conocí”, difundidas en 1986, acabarían talladitas para narrar la tragedia venezolana. El tema fue inútil para abrir los ojos a muchos y evitar el destino de aquella persona maltratada, que se repetiría en los millones de habitantes sometidos por tres lustros y medio a un régimen de corte autoritario y represivo.

La distracción también alcanzaría a Juan Gabriel en su última visita en 2013, con su impopular y desorientada ocurrencia de cantar mañanitas en el Palacio de Miraflores.





14 de septiembre de 2016

CUENTO “El Día Después”, por Josué D. Fernández (*)

Al amigo Miguel Ángel Alvarez Cumare  (Q.E.P.D.), asiduo acompañante de estas líneas, y cuya chispa se fue con esta luna llena para unirse a la Gran Luz del Universo.


El día después es el peor que sigue a cualquier maxi celebración o cumbre, en la cima más alta o al nivel del mar, da igual; y alcanzaría a la serie completa que va desde ricos por peculado a desalineados, incluyendo desubicados y coleados. En particular los festines que nada les cuestan a los convidados, con frecuencia llevan a excesos y desenfrenos, cuyos efectos empiezan a patentizarse antes de ver volar a músicos y mesoneros.



─Algo me decía que la fiesta debería seguir hasta impedir la salida del Sol─ se repetiría a la par como estribillo debajo de cada almohada, clavada con tachuelas a sinnúmero de cabezas negadas a levantarse. Sólo se oiría de sordo complemento, el estruendoso sonido de la tortura del vacío sin fin. Asi, apenas ojos medios entreabiertos tomaban conciencia de que ya pasaba de la una de la tarde, y habría que despertar a complacer a verdugos, los cuales dependían de mis pasos para sobrevivir, y no negociarían salidas que dieran por terminado sus privilegios y fácil dependencia.

Que felicidad verdadera aquella de mi  niñez y del lugar donde crecí. Mojarme bajo la lluvia. Las frutas arrancadas a las ramas bajas de los frutales. Descubrir letras que decían cosas mientras las juntaba. Reñir por malcriadeces. Correr a casa para comer, o para dormir cuando serían las siete.

Recordaba a la tierra a la que nunca podría volver porque estaba negada a quienes vistieron de tránsfugas verde oliva, para asaltar fortunas ajenas de inculpados indiscriminadamente,  sometidos a juicios sumarios. Como saldo de arrebatones, nadie quedaría al final con mucho de interés para llevar a alguna casa de empeños.


El estruendoso sonido de la tortura del vacío sin fin se hizo doblemente grueso, pero insuficiente para ahogar el ruido del viento, con la fuerza del rechazo de los ignorados a participar del festín,  el cual rebosaba de penurias insatisfechas de los más necesitados. El temor al día después no abandonará mis nervios.







6 de septiembre de 2016

MAREAS ALTAS, Josué D. Fernández (*)

Entre los primeros aprendizajes en la escuela básica están precisamente los efectos de la atracción de la Luna sobre las aguas, sus mareas y demás envolturas del planeta Tierra. Sobran explicaciones de la maestra,  interpretaciones de iluminados,  o diagnósticos de salas situacionales, para comprender de inmediato el peligro potencial que representan. De allí quizás, que se sienta miedo desde pequeño a terminar en la lista de individuos a los que les “pega la luna”, son “lunáticos”, o “andan en la luna…”


Por iniciativa propia, entonces, para protegernos de maleficios, reales o supuestos, tratamos de aprender rápidamente cuáles fases serían las más amenazadoras, y descubrimos como tales a la “Nueva” y la “Llena”. Nuestro libro aclara que, cuando hay luna nueva y llena, el Sol, la Luna y la Tierra se alinean y las mareas son mayores. Se llaman mareas vivas. Las mareas de mayor intensidad se producen en luna nueva, ya que la gravedad de la Luna y del Sol tira en la misma dirección y suma.

Con tanta sapiencia al alcance  de cualquiera que asistiera a las aulas elementales, solo se podría atribuir a “crasa ignorancia” el haber pasado por alto que los primeros días de este mes de septiembre estaban bajo el dominio de la luna nueva. Sin saber mucho de predicciones y probabilidades resultaría imprudente, por impredecible, acercarse a un lugar rodeado de mar por todos lados, y aguardar resultados favorables, con esa marea viva por delante.


Cosas del “mejor cazador al que se le escapa la libre”, ningún asesor impidió no obstante al Presidente de República Bolivariana que retara al tiempo adverso. Así se fue a la isla de Margarita, a “Villa Rosa” específicamente,  en plena luna nueva a desafiar la alta marea, y el descontento de sus habitantes en niveles elevados probablemente por las mismas circunstancias climáticas.

Todavía bajo el influjo de salida de esa alta marea, fue un mal rato al que fue obligado el mandatario y su comitiva, con piedras y puñetazos incluido. La calentura de los habitantes de “Villa Rosa” no se apaciguó y se elevó con la desproporcionada represión, detenciones policiales, y provocaciones de milicias oficialistas, todas las cuales propiciaron coberturas de la prensa no comprometida con el régimen, nacional e internacionalmente, convirtiendo el asunto en noticia de primeras planas y en propaganda negativa.

Ahora se aproxima en la Isla de Margarita el ciclo de luna llena, y su correspondiente alta marea, coincidiendo con las fechas culminantes de  la décimo séptima Cumbre de los Países No Alineados. Ocasión según se dice que podría agravar las complicaciones conocidas, de continuar la iracundia y las medidas de fuerza oficialistas contra el pueblo, en vez de liberar a presos políticos y aflojar las riendas del referendo revocatorio como acción pacífica y democrática para abrir el horizonte a Venezuela. ¡Todas las naciones seguramente admirarían la sabiduría presidencial!