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22 de junio de 2016

De la WEB 1.0 a la 9.0, por Josué D. Fernández


Probablemente son pocos quienes han sentido curiosidad por escudriñar la relación entre esos  “.0” que se han venido añadiendo al término “WEB”, y la dependencia de cada ser a ciertos implantes dominantes en las manos de muchos, en forma de sinnúmero de  aparatos portátiles inteligentes, destinados a la “comunicación” electrónica,  pero igualmente a la virtual incomunicación interpersonal.

El tema tampoco sería indispensable ni motivo de urgencia de mayorías, sumergidas como están a menudo y profundo, con aparentes propósitos evasivos, en distanciamientos tales que les transportarían a otros planetas. Entre jueguitos electrónicos, chat de escaso valor agregado, permutas de instantáneas, frivolidades en red, y exposición a delitos cibernéticos, quizás estarían padeciendo un síndrome que exige atención profesional.


Así mismo, faltaría educación específica para que prevalezca el lado positivo de la evolución a la WEB 9.0, y más allá hasta el infinito, a la que se ha llegado desde el aprovechamiento individual del ciberespacio, a la reciprocidad mediante blogs y páginas web, y más recientemente a la inteligencia colectiva que lleva a compartir recomendaciones de calidad en cualquier tema, incluyendo comandos de voz, entre otras mejoras apreciables.  Las alarmas recaen incesantemente en las generaciones jóvenes, como las más propensas a sucumbir en el espectro negativo. De los adultos mayores, resulta lastimoso el verlos atrapados a destiempo, en entramados de trivialidades, antes que ocuparse de dar ejemplo admirable a hijos o nietos.


Las personas que sufrirían algún trauma son reconocidas fácilmente cuando yacen abducidas por esos aparatos portátiles, que se apodera primero de sus manos, luego de la vista, oídos y el resto de sus sentidos, hasta hacerlas ausentes a pesar de incontables pares de ojos, allí mismo al lado, que las observan desconcertados. Los trances se presentan por igual en reuniones serias, conferencias, en comida familiares o de negocios, o a punto de consumar amores. Imperdonables como excusas de aburrimiento o desinterés,  convertidas en ofensas a interlocutores inmediatos.

El padecimiento tendría gravedad superior cuando ocurre en forma de ataques frecuentes, porque entonces adquirirá carácter crónico, con terribles efectos residuales. Hay que expresar que estamos viviendo la abstracción vuelta atentado contra el vínculo interpersonal, permutada irónicamente por la sensación de poseer en la mano al mundo, inalcanzable en lo real.  La tecnología que nos invade evidencia la pequeña molécula del universo que integramos, pero preferimos aferrarnos a la fantasía de supuesta trascendencia a semejante condición microscópica.


Lo bueno es que, en términos de captar versiones propias de acontecimientos de conmoción general, las viejas alcabalas para asimilar los hechos que no fueran inmediatos, se sustituyen por autosuficiencias para descartar credibilidades y sospechas prefabricadas. El juicio individual se ha convertido en decisivo de cuales son debilidades o fortalezas de las instituciones, personas, ideas, productos y servicios sometidos al escrutinio masivo. Recientemente hemos presentado el libro “Evanescencia de la Imagen Corporativa” en el que se describe un sistema para dar en el blanco efectivo de la nueva opinión pública atomizada, con  alegatos pertinentes para reforzar situaciones preventivas de mantenimiento en la memoria colectiva, preferiblemente,  o de responder puntualmente a crisis contingentes.




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