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7 de noviembre de 2014

DOMINGO 7: Abolengo



En el XX y lo que va del XXI, el abolengo criollo habría estado directamente relacionado con bienes de fortuna, acumulados en su mayoría por facilidades de los distintos regímenes asaltantes del país, incluidos los de la República Bolivariana (“RB”). Así, con poco escudriñar se podría encontrar a los ricos favorecidos por Cipriano Castro, Gómez y subsiguientes, los de Pérez Jiménez,  los de la “cuarta”, y los más recientes de Chávez y Maduro. Los métodos siempre serían iguales, testaferros, comisiones, exclusividades de licencias de importación, contratos de obras públicas con sobreprecios, tráfico de influencias, y cualquier otro medio de enriquecimiento ilícito y corrupción para comprar cómplices civiles o militares.

En la pequeña minoría de ese estamento de supremo abolengo no podían faltar los complacientes individuos venidos de la educación, las ciencias y las artes, los cuales calificarían por oportunos servilismos casi siempre bienvenidos por la casta dominante -debido a carencias diversas o cierto lustre indispensable-, o por nexos de sangre o afines  con los primeros. Una docena constituiría la “inocente gente decente”,  con argucia para el ahorro y  el ascenso social, así como al  acceso a  colegios de pago nacionales y extranjeros, donde la descendencia haría “valiosas” amistades. En este rango aguantarían calladitos, y sin meterse en problemas que amenazaran su comodidad.


El abolengo es detectable actualmente por el alto de los muros de sus residencias y las medidas de seguridad para franquearlos,  También por el número de guardaespaldas tras cada miembro del grupo familiar. Igualmente importante, antes y ahora,  es la pertenencia a centros privados muy exclusivos a los que se iría para jactarse de negocios,  posesión de joyas, ropa y accesorios costosos, de lugares visitados en el exterior, mansiones alrededor del mundo, aviones privados o de “Pdvsa”, da igual,  en los que transportarían a familiares y amigos; pero siempre lejos de la chusma envidiosa que chillaría por esas menudencias.

Entre los grupos del viejo abolengo criollo, así como de los renovados por traspasos de mandos presidenciales, nada se hablaría del origen de las morocotas y los pesos guardados en colchones por sus antecesores, ni de las bajas aficiones  de llevar en el bolsillo una carterita de anís, cocuy, miche, o caña blanca. Del chimó mascado, o de la profusión de sus hijos, hermanos, tíos “naturales” al estilo de las tribus primitivas. Esas anécdotas relegadas a simples costumbrismos, encontrarían sustitutos en recuerdos frescos del festín de Nueva York con champaña “Cristal” y devolución de carpacho de truchas, los  “mojitos” durante frecuentes escapadas a playas de Varadero prohibidas al pueblo cubano, y para el abolengo ya consolidado las nostalgias de la riviera y la provenza francesas, Paris y Roma, Lido de Venecia, Marbella, Grecia, Courchevel, Moustique, y Bariloche.

La táctica nunca cambiaría para ricos de hoy o de ayer; colocarse a mucha distancia de la plebe, el vulgo, el proletariado, o el “perraje”, en remedo pobre de grandes magnates, estrellas de cine, y cantantes famosos, como fórmula para disfrutar en paz, ajenos a impertinencias indeseables. Característica común al criollo abolengo rancio de todos los tiempos, creerse por encima de los demás. En la colonia del imperio de Raúl y Fidel, el abolengo ha resultado tan rancio, que su fetidez solo se aproxima con ventaja al mal olor desprendido por toneladas de alimentos podridos, antes de reducir el hambre de los más necesitados.





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