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17 de enero de 2013

DOMINGO 7: Memoria Desechable


Aquello de “en polvo te convertirás” constituiría una “simple formalidad” de la que estarían exentos los déspotas de cualquier estatura, y cuyo dominio sobre los demás se prolongaría aunque se apagaran sus vidas miserables. Mientras tuvieran gente de rodillas, ellos encontrarían medios para perpetuarse, resistiéndose a descender al nivel que empareja a todo ser vivo al descomponerse sus restos mortales.

Cultos lucrativos altamente rentables, idolatrías inducidas y aprovechamiento de débiles desamparados, así como muy baja autoestima de muchos, han permitido la acumulación mundial de  monumentos funerarios, en los que se dejaría constancia de superioridades, aún en grado de cadáveres. En esa onda, en la “Republica Bolivariana” (RB) se adulterarían las famas acreditadas en “panteones nacionales” con un antes y  un después, acaso divididos por la “sobrevenida” obediencia a la dictadura comunista hecha en Cuba. Una forma de marcha en retroceso, emprendida por infelices de “memorias cortas” –desechables–, de espaldas a los “Terabytes” (1.000.000.000.000 bits), metidos en los nuevos “pendrives” de bolsillo para auxiliar a olvidadizos.


Simón Bolívar yacería en el “Panteón Nacional” dejado atrás entre 1876 y 2010, interrumpido por inusitado ataque de aberración en la “RB” al autorizar el manoseo de su sarcófago y sus huesos. La Academia Nacional de la Historia ante esa sorpresiva apertura consumada a media noche, con el presunto objetivo de determinar la causa de su muerte y la identidad de sus restos, exhortó al país entero, “a una reflexión íntima y a una plegaria que signifiquen y ofrezcan un desagravio al Padre de la Patria, inútilmente profanado en la tranquilidad de su sepulcro”.

El creador de aquel panteón original, Antonio Guzmán Blanco, falleció en Francia en 1899 ostentando preseas militares ganadas en guerras federales, muy envidiadas aquellas por quienes sólo atinaron a dar golpes de estados a la Constitución y las leyes democráticas. Con la excusa de los cien años de su muerte, al viejo templo llegarían sus cenizas por gestiones del Canciller José Vicente Rangel, y órdenes de su Presidente. La ejemplaridad de Guzmán Blanco sería bastante dudosa, cuando se documentarían sus riquezas, y que su fortuna se forjaría en gran medida gracias a variedad de movimientos ilícitos ó cuestionables, en manejos realizados desde la Presidencia.

El “Panteón Bolivariano” se levantaría ahora con solidaria deuda en rojo, agravada al hallarse  cercano al cauce de la quebrada “Punceres”, la cual se desborda e inunda al barrio “Terraplén” y al estacionamiento de la Biblioteca Nacional, planteando un reto en el ámbito estructural. Se asegura igualmente que no se esperaría un siglo, como en el caso de Guzmán Blanco, para enterrar allí a venerables para los devotos del “movimiento bolivariano” pariente del comunismo cubano, como éstos se vayan despidiendo por viajes al “más allá”.




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